Antes de coger se pone en cuatrompara enseñar su culito

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Él la observaba con deseo mientras ella se ponía en cuatro, mostrando su culito jugoso cubierto apenas por una diminuta tanga rosada que se enterraba entre sus nalgas. El sudor perlaba su frente y su espalda, aumentando el morbo de la escena. Sus pezones erectos se marcaban a través de la blusa ajustada, ansiosos por ser liberados.

‘¡Mmm, qué rico culo tienes, puta!’, gruñó él acercándose con paso firme hacia ella. ‘¿Te gusta que te miren así de caliente antes de cogerte?’. Ella solo respondió con un gemido lascivo, moviendo su trasero provocativamente.

Él le dio una palmada fuerte en las nalgas, dejando una marca roja que contrastaba con su piel blanca. ‘¡Así me gusta, sumisa y lista para que te cojan como la zorra que eres!’, exclamó, sintiendo cómo la excitación le hacía palpitar la verga bajo el pantalón ajustado.

Sin mediar palabras, ella se quitó la tanga y abrió las piernas, mostrando su concha húmeda y lista para ser penetrada. Él se acercó, admirando su sexo ansioso y sediento. Sin aviso previo, la cogió con fuerza, embistiendo su verga hasta el fondo y haciéndola gemir de placer.

Los sonidos de la cogida resonaban en la habitación, mezclándose con los gemidos de ambos. ‘¡Métemela toda, no pares!’, gritaba ella, disfrutando cada embestida como si fuera la última. Él la tomó del cabello, inclinándola hacia atrás y aumentando el ritmo de la penetración.

El sudor se fundía con los fluidos corporales, creando una capa brillante sobre sus cuerpos entrelazados. Ella se retorcía de placer, sintiendo cómo la verga entraba y salía de su concha con una voracidad incontrolable.

‘¡Dame tu culo, lo quiero todo para mí!’, ordenó él, retirando su verga de la concha y acercándola al ano dilatado de ella. Sin pensarlo dos veces, la penetró por el culo, sintiendo cómo los esfínteres se estrechaban alrededor de su pija, apretándola con fuerza.

Los gemidos se intensificaron, mezclándose con los gritos de placer y dolor. ‘¡Sí, cógete mi culo, hazme tuya por completo!’, suplicaba ella, disfrutando cada embestida anal como si fuera un éxtasis indescriptible. Él la embestía con fuerza, sin descanso, sintiendo cómo el semen empezaba a subir desde sus entrañas.

La venida fue explosiva, brotando con fuerza y llenando el culo de ella con su leche caliente. Los espasmos del orgasmo los sacudieron a ambos, dejándolos exhaustos y satisfechos. Se desplomaron en la cama, abrazados y respirando agitadamente.

El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclándose con el aroma del sudor y los fluidos derramados. Se miraron con complicidad, sabiendo que esa cogida había sido solo el principio de una larga noche de placer desenfrenado.

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