Pamela de tabasco apenas en la prepa y mira el culazo

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Pamela, una colegiala de Tabasco, apenas en la prepa, era el objeto de deseo de muchos compañeros. Con apenas 18 años, ya destacaba por su exuberante figura: unas curvas que desafiaban las leyes de la gravedad, un trasero firme y redondeado que parecía pedir a gritos ser agarrado y un par de tetas generosas que desafiaban la tela de su blusa escolar. Todos en la escuela suspiraban por tener una oportunidad con ella, pero fue Marcos, un chico de último año, quien tuvo la suerte de llevar a Pamela a un lugar apartado del colegio para cumplir todas sus fantasías.

El ambiente era caldeado, casi sofocante. El sol del mediodía caía implacable sobre ellos, haciendo que la piel sudorosa de Pamela brillara con un brillo casi embriagador. Marcos, bajo el deseo incontrolable que sentía, había llevado a Pamela a un antiguo almacén abandonado a las afueras de la ciudad, un lugar sucio y descuidado que serviría como escenario para su encuentro carnal. El olor a humedad y polvo impregnaba el lugar, pero nada detendría la lujuria que se desbordaba entre ellos.

«Pamela, estás tan buena que no puedo resistirme», murmuró Marcos con voz ronca, mientras sus manos se deslizaban por la espalda de la joven, acariciando cada centímetro de su piel. Pamela sonrió con picardía y se acercó a él, sus labios apenas rozando los de Marcos antes de lanzarse a un beso apasionado y desenfrenado.

Las manos de Marcos se aventuraron por debajo de la falda de cuadros de Pamela, encontrando una tanga diminuta que apenas cubría el tesoro que él ansiaba poseer. Con maestría, la joven se deshizo de la camisa de Marcos, revelando un torso musculoso y sudoroso que la hacía salivar de deseo. Sin más preámbulos, se arrodilló frente a él y desabrochó con destreza su pantalón, liberando una verga dura y palpitante que apuntaba directamente a su rostro sediento.

«Pamela, vas a disfrutar de cada centímetro de lo que te voy a dar», gruñó Marcos, mientras empujaba su verga en la boca húmeda de la joven, quien devoraba su miembro con ansias voraces. Los gemidos de placer resonaban en el oscuro almacén, mezclándose con el sonido de la lámina oxidada que servía como techo.

Sin más preámbulos, Marcos levantó a Pamela y la recostó sobre una vieja mesa de madera, desgastada por los años de abandono. Con movimientos precisos, deslizó la tanga de la joven hacia un lado y se posicionó frente a su concha húmeda y ansiosa. Con un empujón lento pero firme, se abrió camino hacia su interior, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo.

Cada embestida de Marcos era más intensa que la anterior, haciendo que Pamela se retorciera de placer bajo él. Sus manos recorrían el cuerpo sudoroso de la joven, apretando sus tetas con fuerza y marcando su piel con la pasión desenfrenada del momento.

«Pamela, eres una puta caliente, te encanta que te culeen así, ¿verdad?», susurró Marcos con voz ronca, mientras embestía con furia su concha mojada y palpitante. La joven solo pudo gemir en respuesta, entregándose por completo al placer abrumador que la invadía.

El ritmo frenético de Marcos no cejaba, cada embestida era más intensa y profunda que la anterior, llevando a Pamela al borde del abismo del placer. Con un último empujón, Marcos se dejó llevar por la vorágine de sensaciones y se dejó ir, llenando el interior de Pamela con su semen caliente y espeso.

El éxtasis los envolvió a ambos, haciéndolos temblar de placer mientras sus cuerpos se fusionaban en uno solo. Con un beso apasionado y desesperado, se prometieron volver a encontrarse en aquel lugar prohibido para seguir explorando los límites de su deseo desenfrenado.

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